Por/ Telma Luzzani

Los horrendos crímenes cometidos por Estados Unidos y nuestras elites durante los golpes de Estado de los años 60 y 70, así como la amplia difusión que tuvieron los genocidios, obligaron a cuidar las apariencias.

En el siglo XXI, los golpes en nuestra región intentan callar lo que son y escarban en las Constituciones algunas salidas “institucionales” que les permita simular su verdadera índole. Ahí están los ejemplos de Manuel Zelaya (Honduras, 2009); Fernando Lugo (Paraguay, 2012) o Dilma Rousseff (Brasil, 2016) derrocados con trucos legales amañados y continuados por sus vicepresidentes hasta cumplir el mandato y llamar a nuevas elecciones.

¿Qué cambió?

Con el fin de la Guerra Fría (1991), EEUU como única potencia triunfante creyó realmente que el XXI era “su” siglo Americano. Imaginó un unipolarismo extenso, acaso perpetuo, y diseñó un nuevo orden internacional en el que reinara, urbe et orbi, la democracia liberal y la economía de mercado.

En ese contexto la Doctrina Monroe ya no tendría su eje en las tenebrosas operaciones de la Escuela de la Américas (renombrada como Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad y trasladada de Panamá a EEUU) sino en una nueva arquitectura económico-cultural mucho más sutil –el neoliberalismo- vehiculizada a través de una alianza que el ex presidente Bill Clinton anunció, en 1994, desde Miami, con bombos y platillos: el ALCA. Ya no serían los cuadros militares formados por el Pentágono los ejecutores sino profesionales preparados principalmente en universidades de leyes y economía de EEUU.

Sin embargo, la soberbia imperial suele subestimar a los pueblos latinoamericanos y el plan perfecto falló. La propuesta norteamericana de abrazar la democracia fue seguida al pie de la letra por América latina y a partir del triunfo de Hugo Chávez en Venezuela en 1999, una serie de gobiernos populares emergieron en toda la región. El ALCA, se sabe, fue rotundamente rechazado el 5 de noviembre de 2005 en Mar del Plata.

El golpe contra Chávez en 2002 reveló que los estrategas norteamericanos tenían las ideas claras: las democracias populares en el continente son kryptonita para una superpotencia que además de retener su liderazgo debe ocuparse de enfrentar los desafíos de potencias emergentes como China. Hay que frenarlas.

Nacen así los trucos semánticos de analistas políticos que hablan de “derechas modernas; dictaduras suaves; democracias híbridas” para normalizar lo anormal. No es normal que Dilma Rousseff haya sido destituida por una legislatura que dos meses después reconoció que los motivos del impeachment no eran tales. Ni que la OEA propague sin dar pruebas una supuesta “irregularidad” en las elecciones del 20 de octubre pasado en Bolivia permitiendo que se desate una cacería humana y justifique el derrocamiento de Evo Morales, quien debe gobernar hasta el 22 de enero de 2020.

Surgen así los viejos nuevos golpes de Estado que no son ejecutados por las Fuerzas Armadas sino por alianzas oscuras entre los poderes legislativos, judicial y mediático. Para lavar el tufillo dictatorial no ponen un general en la casa de gobierno sino un vicepresidente (Michel Temer; Fernando Franco). No cierran los Congresos pero persiguen opositores.

Estos viejos nuevos golpes como no se sabe bien qué son no sufren condena.

¿Dónde están las voces de los organismos internacionales en Ginebra, Nueva York, Washington o Beijing que deberían estar exigiendo la aplicación de las leyes internacionales, hijas de los desastres de la Primera y Segunda Guerra Mundial y cuyo consenso costó tanta sangre?

¿Dónde están los índices acusadores de las ONG -Amnistía Internacional, Human Rights Watch, Reporteros sin Fronteras- denunciando violaciones a la libertad de prensa y a los derechos humanos en Bolivia?

Esta apariencia “constitucional” de los nuevos viejos golpes tienen un objetivo: sirven al establishment internacional –y a aquellos sectores de la sociedad que no comulgan con la democracia- para justificar la aniquilación de un sistema político que dicen defender. Cuidado, porque a nosotres, mujeres y hombres de a pie, nos deja absolutamente indefensos. 

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