Por/Tavo Cibreiro 

Como ya mencioné en otras oportunidades, hablar de comunicación popular es hablar de derechos, construcción colectiva y, entre otras muchas cuestiones, honestidad intelectual y afectiva. Significa, además, proyectar el mundo desde nuestra propia aldea, con pasión y resaltando los detalles relegados en la coyuntura del día a día. También, por otro lado, representa una alternativa política emancipadora y contra hegemónica, basada en la empatía, el pluralismo y la diversidad. Sin embargo, hace algún tiempo, y como era de esperar, el universo de las comunicaciones decidió girar en otra dirección, alejándose de su centro vital y apoyándose en su capacidad de comercializar cualquier cosa que sea posible.

Así fue como la información, rápidamente, se transformó en el instrumento indispensable en la construcción de sentido a escala global y, fundamentalmente, en el principal “commodity” del naciente siglo XXI. 

De hecho, exportamos e importamos datos todo el tiempo sin estar consciente de ello, ni recibir nada a cambio. El rastro dejado en Internet suele viajar miles de kilómetros fuera de nuestro país y volver en forma de publicidad o algoritmos, capaces de llevarnos con aquello que deseamos y aún no sabemos. Las redes sociales, por ejemplo, y su extraordinaria rentabilidad dan cuenta de ello. Después de todo, utilizar las chimeneas humeantes como metáfora de producción es, sin lugar a dudas, atrasar bastante o no haber entendido, absolutamente nada de nada, durante las últimas tres décadas. 

En la actualidad, es imposible imaginar una realidad sin la comercialización, tráfico y contrabando de datos personales, periodísticos y/o laborales. La digitalización de nuestras vidas aceleró el proceso de corrosión de la intimidad propia y colectiva, dejando al descubierto la errante resistencia de la añeja utopía análoga. 

En otras palabras, el auge de los teléfonos móviles, sus múltiples capacidades y su ya habitual conexión a Internet, ha modificado el hábito de consumo de la información. El big bang virtual creó costumbres desconocidas y nos incluyó en su cadena de valor. Ya no somos simples receptores con alguna capacidad de respuesta. Nos hemos convertido en el principio y el final de la cadena sin saberlo. Muchas veces, consumimos la información que nosotros mismos aportamos al dispositivo. Con un simple “acepto las condiciones de uso”, se han apropiado legalmente de nuestra capacidad de contar, pensar e imaginar.

En apenas unos pocos años, hemos presenciado el mayor cambio dentro de ámbito de la comunicación en toda la historia. Nada fue tan veloz nunca. Dentro de esta lógica, repensar los cuidados y las políticas regulatorias se ha vuelto una obligación inmediata por parte del estado. Frente a este confuso, enajenado y efímero escenario, recordar los pilares fundacionales de la comunicación no hegemónica, tal vez sea una manera concreta de acercar ese futuro que ya llegó, con esa parte de humanidad que la sociedad ya perdió. Sólo basta tomar la decisión y llevarlo a la práctica.

(*) Tavo Cibreiro. Comunicador Popular. Periodista. Integrante de Ucaya y colaborador en Motor Económico. 

(Motor económico)

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