Por/Raúl Delatorre

La pandemia desató una crisis económica mundial y una amenaza interna de mayor recesión que obligó a dar respuestas rápidas. El equipo económico prendió los motores de la reactivación y el crédito anticipándose a las consecuencias.

La conducción económica que asumió junto a Alberto Fernández el 10 de diciembre tenía dos grandes desafíos: reactivar una economía que llevaba un año y medio de recesión y afrontar los compromisos de una deuda externa que, por los vencimientos, se le venía encima. Eligió, como estrategia, iniciar una rápida negociación para reestructurar la deuda, atender las necesidades de los sectores más vulnerables y postergar por unos meses el inicio de un plan de recuperación del aparato productivo y el consumo. Mantuvo un manejo prolijo de las cuentas fiscales, ya sin las exigencias del FMI, esperando lograr un acuerdo por la deuda antes de definir una proyección presupuestaria más acabada. Pero sucedió lo de la pandemia del COVID 19 y todo cambió. 

Un escenario de «crisis económica mundial» y restricciones internas impuestas por las prevenciones para evitar la propagación del virus, cambiaron las prioridades: el gobierno encendió el motor del gasto para impulsar la recuperación económica y el motor del crédito para poner el aparato productivo en marcha. El equipo económico salió este martes a anticiparse a una crisis que podría haber arrastrado a un desempleo del 25% o una caída del PBI de diez puntos si corría desde atrás a los acontecimientos. Por eso, el cambio de plan lanzado el martes podría llegar a ser la decisión más importante de la actual gestión frente al desafío de una tragedia global inesperada. 

El gobierno tenía una estrategia inicial y la iba poniendo en marcha, con dificultades y hasta algunas demandas de quienes le reclamaban mayor celeridad de respuesta. Pero la pandemia del coronavirus trastocó los planes, el escenario, los desafíos, los tiempos. El contexto mundial pasó a ser otro. Este martes, esa misma conducción económica expresó, en apenas un puñado de medidas, el cambio de estrategia, el reordenamiento de prioridades. Martín Guzmán y Matías Kulfas, figuras referentes de este equipo económico, desplegaron sobre la mesa de arena su estrategia de combate: un plan de fuerte apoyo a la actividad productiva, de protección al trabajo y de refuerzo a los más vulnerables. 

Los resultados del déficit fiscal y el salto del riesgo país podrán preocuparle a quienes elijan analizar la realidad desde la miope perspectiva de la ortodoxia monetarista o los intereses del capital financiero concentrado. Guzmán dimensionó la magnitud del desafío cuando mencionó «una situación de crisis económica mundial» y «un contexto en el que las condiciones de trabajo van a ser distintas». Presentó los anuncios como «medidas decisivas en pos de asegurar que la actividad económica va a funcionar y que la sociedad argentina esté protegida». Y advirtió que la «situación es dinámica y obliga a monitorearla día a día, y a ir tomando nuevas medidas». 

Las previsiones para «enlentecer la velocidad a la que se propaga el virus», en palabras del ministro, suponen frenos a la circulación de las personas y parálisis de determinadas actividades (turismo, transporte, entretenimiento, hoteles, restaurantes y otros servicios comerciales que concentren personas). Esto es caída de actividad, por un lado, e inactividad para muchos. Una economía que se mueve en base a la circulación de personas y objetos, de repente debe cambiar su modo de organización para que no se detenga, pero además no excluya a grandes franjas de su población. Ahí apuntan las medidas, y a acelerar la recuperación de otras actividades (obra pública, Procrear, producción de alimentos, productos de higiene e insumos médicos) que puedan sostener la dinámica. Con el Estado como gran protagonista. 

Este es el nuevo juego, con nuevas reglas. Ocurrió por una tragedia sanitaria, pero había un equipo económico preparado para dar respuesta. Y es el juego que, a ellos, más les gusta. 

(Motor económico)

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