Destacado
    Necesita instalar plugin Jetpack y habilitar "Stats".

Por /Raúl Dellatorre

Sin ninguna duda, la figura de Domingo Cavallo quedó atada a la imagen del gobierno de Carlos Menem en su faz económica en forma indeleble, aunque sólo fue ministro durante cinco años. Pero dejó marcada una línea imborrable en la economía argentina con su Plan de Convertibilidad. El «uno a uno» que transformó estructuralmente la economía argentina.

Se suele decir que el plan económico de la dictadura cívico militar de 1976/1983 fue la destrucción del viejo modelo económico de desarrollo industrial por vía de políticas de sustitución de importaciones, y el comienzo de un modelo basado en una globalización financiera y corporativa que subordinó el papel del Estado a la instalación de este nueva estructura de control de la economía local. Después del fallido intento de Raúl Alfonsín por corregir esos desvíos, la década menemista fue la consolidación de ese modelo económico de la dictadura, uno de los primeros ensayos del modelo neoliberal en la región y en el mundo.

Los críticos al menemismo hablaban de sumisión del país y el gobierno a los intereses foráneos. Sus partidarios hablaban de una nueva «integración al mundo». Ambos hablaban de lo mismo: el modelo era poner la economía del país al servicio del capital extranjero, con un Estado que se corría para permitir que los capitales, los productos consumidos y los servicios los proporcionaran actores extranjeros. YPF, Aerolíneas Argentinas, Gas del Estado, Entel, Segba, Correo Argentino, Ferrocarriles Argentinos, Obras Sanitarias de la Nación, Caja Nacional de Ahorro y Seguro, Somisa, ELMA, entre otras, pasaron a manos extranjeras o fueron disueltas para permitir que el espacio que ocupaban quedaran en manos extranjeras.

El Plan de Convertibilidad fue la llave maestra con la cual el Estado renunció a tener política cambiaria y dejar subordinada su política monetaria al flujo financiero que provenía del exterior. El «uno a uno» entre el peso y el dólar provocó el resultado mágico de frenar la inflación que había escalado a más del 3000% en el año 1989 y a más de 2300% en 1990. Las tasas de crecimiento de la economía también reflejaban la cara exitosa del plan: más del 10% en 1991 y 1992, que se mantuvo por arriba del 5% en 1993 y 1994. ASí obtuvo Menem la reelección en 1995. 

La contracara de ese mismo modelo es que la invasión de productos importados baratos habían generado que miles de empresas cerraran y cientos de miles de trabajadores perdieran su empleo. El beneficio de la «estabilidad de precios» no era parejo para todos, provocando en cambio una profunda fractura social. Miles de empresarios y profesionales vieron fracasar su proyectos de vida (incluso de más de una generación, en muchos casos) y se hundieron en la depresión, se dejaron morir y, en algunos casos, se suicidaron, tres formas del autoabandono que las crónicas ocultaron pero que muchos estudios sociales recogieron y analizaron. 

No era fácil que una persona de clase media alta, bombardeada por «información» que señalaba que «al país le iba bien», pudieran entender que a ellos les iba mal sin echarse a sí mismo la culpa por el fracaso. El menemismo reunió la destrucción del aparato productivo con la destrucción de la voluntad personal de muchos emprendedores de verdad (no los que a partir de 2016 surgieron como producto del marketing). 

Cavallo no fue el primer ministro de Economía. Antes, Carlos Menem había designado a Miguel Roig (falleció a los cinco días de asumir) e inmediatamente en su reemplazo a Néstor Rapanelli, ambos ex directivos de la agroexporradora y corporación alimentaria Bunge y Born, dejando en claro desde la primera hora su opción de aliarse con el poder económico dominante. Luego ocupó el Palacio de Hacienda Antonio Erman González, que tampoco pudo contener la crisis, hasta la llegada de Cavallo el 1 de marzo de 1991. Ya en el segundo mandato de Menem, en 1996 Roque Fernández saltó del Banco Central al ministerio de Economía y allí se mantuvo hasta el fin del mandato del riojano.

El dato histórico pendiente de revisión es por qué, con semejantes consecuencias sociales, el plan de convertibilidad mantuvo tanto consenso hasta el final del menemismo. En 1999, en plena campaña electoral, se recuerda más de un debate académico entre Roque Fernández como ministro, y los potenciales sucesores en el cargo José Luis Machinea (si ganaba De la Rúa las elecciones de octubre) o Adolfo Sturzzenegger (si Cavallo, candidato a presidente, era electo). La coincidencia básica entre los tres era que, cualquiera fuera el resultado electoral, la convertibilidad no se tocaba. ¿Convicción o incapacidad para cambiar el rumbo? De una forma u otra, la batalla cultural la había ganado Cavallo, a todas luces.

Dos años después, a fines de 2001, la convertibilidad explotaba. Y en manos otra vez de Cavallo. No podía ser de otra manera. El verdadero legado económico del menemismo quedaba expuesto, aunque no todos lo leyeron del mismo modo. Ni siquiera hasta el día de hoy.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.