Por / Gabriela Seghezzo y Nicolás Dallorso

El segundo día sin clases en las escuelas de todo el país circuló un meme que decía “Día 2 de cuarentena, conclusión: qué poco le pagan a las maestras”. El aislamiento logró visibilizar la centralidad cotidiana de las tareas de cuidado y, además, que estas tareas se encuentran mal pagas, feminizadas y racializadas. También esta situación inédita posibilita visibilizar que una parte importante de las tareas que llevan adelante cotidianamente las policías se asemejan más a las tareas de cuidado que a las de una persecución y represión penal: por ejemplo, la mediación en conflictos barriales, la atención de mujeres víctimas de violencias, la contención de personas vulneradas, entre otras tantas.

Hoy estamos en una situación excepcionalísima frente a la cual las fuerzas de seguridad cumplen un rol fundamental. La pandemia –aislamiento preventivo obligatorio mediante– cambió el sentido común securitario. Y esta nueva manera de experimentar colectivamente la cuestión securitaria puede ser una oportunidad para imaginar una policía por fuera de un paradigma securitario punitivo. Situación excepcional e inédita, entonces, que requiere de médicas y médicos, de enfermeras y enfermeros, pero también de policías. Y esta situación nos pone frente a un dilema: a veces la vigilancia y el control son también prácticas de cuidado. Y no siempre las políticas que involucran a las fuerzas de seguridad son fascistas o suponen violencia institucional.

La emergencia producto de la pandemia del covid-19 brinda la oportunidad de reorientar los modelos de policiamiento y así las expectativas sociales y exigencias que tenemos para con las y los policías. En lugar de un modelo policial punitivista que exalta la mano dura, glorifica la hombría y la fiereza y pondera como razón de ser policial el enfrentamiento violento contra un otro que es siempre amenazante, es posible la apertura de una nueva forma de estatalidad que asuma un modelo policial centrado en el cuidado: que pondere la protección de todos, que privilegie el bienestar colectivo sobre la punición individual, que tenga en consideración en cada conflicto cotidiano y situado las vulnerabilidades de todos y las responsabilidades de quienes cuidan y son cuidados (o de quienes requieren ser cuidados). En otras palabras, la construcción de otra estatalidad que permita pasar de un modelo que habilita y premia simbólicamente al policía que dispara por la espalda sin dar la voz de alto (Doctrina Bullrich-Chocobar) a un modelo policial que se enorgullece de miles de hombres y mujeres policías que en todo el país, en tiempos de angustias y contagios, se exponen para cuidarnos a todas y todos.

Ahora bien: si creemos que hay que cuidar a todo el personal que trabaja en el sector de la salud, a las científicas y los científicos, a las trabajadoras y los trabajadores de los sistemas de transporte, no nos podemos olvidar de aquellas y aquellos que en esta coyuntura tienen a su cargo también tareas de cuidado como los recolectores de basura, las empleadas y los empleados de comercio, las funcionarias y los funcionarios con responsabilidades de gobierno y, por supuesto, las fuerzas de seguridad. Resulta indispensable cuidar a quienes nos cuidan. Y eso significa cuidar a todos ellos, a todos los que están haciendo trabajos indispensables.

Todos los días, desde que empezó la cuarentena, a las 21 se escuchan aplausos para los trabajadores del sistema de salud. Y en las redes sociales y los medios de comunicación se sugiere una batería de medidas como los plus salariales o la producción y distribución de los insumos necesarios tanto para el buen desempeño de sus tareas como para la protección del propio personal de la salud. Hay, no obstante, muchas otras prácticas de protección y cuidado que no son igualmente visibilizadas y para las cuales no se sugieren políticas de cuidado y protección. Las de las y los policías, por ejemplo. ¿Quién interviene cuando estamos frente a una situación de violencia de género en este contexto de encierro obligado? ¿O cómo resolvemos, en este contexto, las transgresiones de muchos privilegiados que se han ido a navegar incumpliendo el aislamiento obligatorio, golpean a vigiladores privados por advertir sobre las consecuencias de la transgresión o pretenden, como si las personas fueran cosas, llevarse a su casa en un barrio cerrado a la empleada doméstica en el baúl del auto?

Las y los policías generalmente se parecen poco a los directivos de Vicentin, a los personal trainners que llegan de Europa o a los dueños de las casas de los barrios cerrados. Antes bien, ellas y ellos son policías y son también parte de los sectores populares. Y lo que se advierte en algunas de las reacciones de los privilegiados, de esos que generalmente no son objeto de control policial, es un sólido y potente racismo y clasismo. El aislamiento obligatorio, además de nuevos miedos, angustias y desigualdades, produjo que los poderosos pierdan –aún muy parcialmente– inmunidad social e impunidad jurídica. “A mí no me van a decir lo que tengo que hacer esos negros”, se escucha en las declaraciones de algunos de ellos. Aquí también lo que se juega es distinción social. Todas y todos sabemos que la cuarentena en los barrios populares, de urbanización precaria, sin agua potable, no se experimenta del mismo modo que la cuarentena en Barrio Norte. Ellas y ellos se exponen cumpliendo tareas de cuidado y viviendo en condiciones precarias. Y, claro, exponen también a sus familias. 

Si bien en este tiempo de pandemia, la metáfora bélica se ha utilizado recurrentemente (en parte por la planificación estratégica y el esfuerzo logístico que la empresa acarrea), la tarea que llevan adelante los y las policías se aleja del modelo de la guerra y se acerca mucho más al modelodel cuidado. En las tareas de cuidado en general –y en el control del aislamiento por el coronavirus, en particular– los y las policías ponen en riesgo su salud y su bienestar. Si hace sólo unos meses se aplaudía y vitoreaba a las policías, como sucedió en el acto de cierre de la Campaña de Juntos por el Cambio en el Obelisco, por reprimir a compatriotas, a vulnerables o a adversarios políticos; hoy resulta necesario valorar y empatizar con aquellos que nos cuidan. Con menos aplausos pero con mejores salarios, mejores condiciones de trabajo y más derechos. Puede ser una gran oportunidad para construir otro vínculo entre las policías y la ciudadanía, un lazo social de cuidado que permita revertir el desprestigio social que tienen las fuerzas.

Esta oportunidad es sobre todo un desafío para la conducción política: revertir los mecanismos heredados de intervención policial requiere el seguimiento y control político continuo y, por supuesto, un sistema de sanciones implacable ante la violación de los derechos de los ciudadanos. No tenemos garantías absolutas frente a posibles derivas punitivas, pero las argentinas y los argentinos contamos con el legado de la lucha de las Madres y las Abuelas, de los Organismos de Derechos Humanos. El control democrático de las fuerzas de seguridad es también su cuidado. 

Por lo tanto, no existe el cuidado sin políticas de cuidado y las políticas de cuidado, para ser efectivas, deben cuidar también a quienes nos cuidan. Tenemos una oportunidad en la pandemia: desplegar una policía del cuidado en opción preferencial por los más desprotegidos.

Gabriela Seghezzo y Nicolás Dallorso son coordinadores del Observatorio de Seguridad, de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. Profesores de la UBA. Investigadores del Conicet. 

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