Por/Edgardo Mocca

Por más que lo intento no logro sentir odio por el coronavirus. Me pregunto por qué y sospecho que es porque el odio presupone  una reciprocidad. Si el otro no puede devolverme mi odio lo priva de todo sentido. Por eso, lo de la “guerra contra el coronavirus” me parece una metáfora desafortunada. Supongo, aunque lo ignoro, que el león no debe odiar a los venados, con los que frecuentemente se desayuna. Los criollos no odiamos a las vacas por más que el asado sea un rito nacional por excelencia. Lo que permanece en la esfera muda y sin sentido no puede dar lugar al odio y tampoco al amor. Nunca pude, tampoco, odiar a la gripe ni a la varicela ni a la neumonía.

El coronavirus no tiene culpa ni hay un culpable del coronavirus. Ni los chinos, ni el imperialismo yanqui lo son. Sin embargo, una vez que aparece en escena –como cada vez que en la historia de los humanos aparece lo inesperado y, sobre todo, lo impensable- nuestro impulso fetichista se pone en escena. Aparece un monstruo que desnuda la esencial fragilidad del mundo de los humanos. Es el tema de la peste, lo que revela nuestra inevitable mortalidad, nuestra impotencia ante los designios del universo, a los que en tiempo de supuesta normalidad no le prestamos ninguna atención. Intentemos mirar de este modo lo que está pasando.

La pandemia es el ingreso a lo desconocido. La ruptura del contrato que organiza nuestras vidas, el que hace que cada cual sienta que su vida tiene sentido. No es un virus el que nos perturba. Nos perturba no poder trabajar, comerciar, pasear, consumir. Nos perturba, en fin, la suspensión de algo que nos mantiene vivos aunque lejos esté de hacernos felices. El virus suspendió nuestros resortes automáticos y nos pregunta sobre asuntos que no están en nuestra agenda cotidiana. ¿Cómo organizo mi relación con el tiempo? ¿Qué puedo hacer cuando no tengo nada que hacer? La forma de esa angustia es la culpa: no protejo a los míos, no trabajo para ellos, no estoy a la altura  de lo que un ser humano debe ser en los tiempos de la más avanzada civilización que conoce la historia.

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Acostumbrados los lectores de esta página virtual, se preguntarán dónde está el análisis político, la coyuntura, la toma de posición. Bien, cualquier examen de la coyuntura está encabezado por la pregunta ¿y ahora qué hacemos? El que escribe y les que leen viven en Argentina. Asisten a una extraña circunstancia. A un gobierno que votamos con entusiasmo y no termina de nacer como tal. Y la militancia se vive bajo las formas fantasmales del barbijo, del encierro, de las reuniones virtuales, de la imposibilidad (o la clandestinidad) del abrazo, del café compartido, de la física de los afectos. Para los que somos viejos, ni hablar… Y a los argentinos que soñábamos con el final de la pesadilla macrista, nos coloca en un lugar extraño. Nos hemos convertido en una fuerza colectiva reunida en un lugar insólito: el de defender la cuarentena, el encierro, el aislamiento. Los subversivos, los que resisten, los que reivindican el aire libre, los afectos personales, la “libertad” son los otros. Confieso que a mí, en una situación como ésta, me gustaría formar en las filas de la heterodoxia, salir a la calle desafiando a la policía y a la gendarmería, armar tanguerías ilegales y provocativas. Ir a la plaza a fumar y convidarlo al policía que se acerca a mí para “protegerme”. Y acá estoy, llamando a respetar la disciplina de estado. A luchar por aplanar la curva. A someternos a la lógica medicalista que es –con todo respeto y cariño por los médicos y las médicas de espíritu humanista y libertario- una de las más horribles construcciones de la ideología del control de los cuerpos y de las almas.

Tengo, por lo tanto, que explicarme. A mí la pandemia me ha terminado de convencer de que la vida es el valor principal para quienes habitamos este planeta. La vida es un milagro. Es fugaz, mirada desde la perspectiva de la duración del paso de cada uno. Pero es el  impulso que le da sentido a todo. Y lo que la pandemia nos revela es justamente la falta de vida de nuestra civilización. Hay una extraña combinación estadística en estos días. Están los que construyen cuadros estadísticos de la evolución prevista del producto bruto durante este año y el número de muertes por la pandemia en cada país. Y entonces surge una discusión infernal: ¿qué conviene hacer, achicar el número de muertes o defender el producto bruto? Subrepticiamente flota un argumento: si morir nos vamos a morir todos los que estamos vivos, ¿qué sentido tiene parar las industrias, los comercios, el teatro, el fútbol para lograr una estadística más honrosa en la cantidad de seres humanos que se mueren? Al servicio de esta ignominiosa pregunta se presentan a declarar los expertos en el presupuesto de gastos e ingresos que sueñan con la disminución del gasto en jubilaciones y pensiones. Está claro que la decadencia de una civilización no necesita pruebas más explícitas. No es habitual que alguien se pregunte: ¿y si hacemos que el producto se distribuya de manera que nadie pase privaciones? Nada más que una pequeña proporción durante uno o dos años, después volvemos a la “normalidad” capitalista. Eso no  haría que los afortunados del planeta dejaran de serlo. No equivaldría a la abolición de la propiedad privada propia del comunismo. El desastre de la pandemia, entonces, no es “natural”, es esencialmente político.

En Argentina, la cuarentena es el nuevo nombre del antagonismo. El gobierno, de modo a veces vacilante, inconsecuente y contradictorio propone el valor de la prioridad de la vida sobre los automatismos del sistema. Es un discurso lleno de agujeros en la práctica, pero ha logrado construir un nosotros difuso, heterogéneo, acaso fugaz y pasajero, que hace falta defender. Porque del otro lado están los lobos de la maquinaria financiera haciendo cálculos de pérdidas y ganancias que siempre terminan en la imposibilidad de cambiar el rumbo de nuestra civilización.    

(El destape)  

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