Por/Juan Carlos Saccomanno (*)

El debate sobre el fenómeno de la inmigración extracomunitaria que actualmente agita a los países europeos versa en el fondo sobre otro asunto relacionado con el aluvión inmigratorio:la integración. El objetivo al que combate sin pausas la derecha es impedir que los otros, los distintos, sean asimilados a una realidad colectiva y participen de ella por derecho propio.

Esa actitud ha presidido también los proyectos oligárquicos de configuración nacional en la República Argentina. Construir el país significa, para la oligarquía, la supresión del otro, del pueblo como sujeto. Las clases propietarias consideran que es preciso desconocer el universo simbólico de los sectores populares, su existencia material, su derecho a la vida y a satisfacer sus necesidades. Con esas pautas discurrió la sociedad argentina hasta que el movimiento popular la liberó de esa tutela. Con el peronismo irrumpe el sentido comunitario: los individuos se integran en un nosotros cuyo criterio rector es la justicia. Entonces, toma espesor la dignidad que se reconoce a cada uno, previa a cualquier instancia. Nadie debe probar que es un ser humano y que no es inferior, esencialmente, a otros hombres. Es decir, que no sólo se propende a la justicia en el orden material sino también en el de la distribución simbólica. Los grupos dominantes buscan establecer el control sobre los símbolos para que nada ni nadie cuestione su prestigio social y su escala de méritos.

Lo que se juega en la distribución simbólica es el reconocimiento o el escamoteo socialmente instituido de la condición humana de unos y de otros. El peronismo llega para reconocer la humanidad de todos y cada uno.

(*) Juan Carlos Saccomanno, Filósofo. Escritor. Especialista en Pensamiento Argentino y Latinoamericano.

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