Por/Joan Premici


La subjetividad en la música es el punto de partida para empezar a charlar del tema. Si no nos permitimos discernir, entonces no hay nada que charlar.
Comprender esto es fundamental, independientemente de los argumentos que se puedan llegar a exponer a favor o en contra de cualquier género o estilo.


Ahora bien ¿Porque querría ponerme a comparar los géneros? Por el hecho inexorable de que es un debate que siempre está en puerta, una contienda que genera en algunos una falsa concepción de un status por escuchar determinada música, y cuando hablamos de status, inevitablemente hablamos de jerarquías. No podemos permitir manchar algo tan preciado como la música con jerarquías y pedestales. Porque no solo implica denigrar al otro, sino que implica denigrar el concepto colectivo que representa compartir la música, seamos intérpretes activos o simplemente oyentes.


No obstante es sumamente importante también comprender el papel que juega la industria en lo que respecta a la difusión y fomento de este fenómeno. La lógica del mercado es el rigente indiscutido en la industria musical y por lo tanto en su difusión. Lo nuevo de los principales artistas/exponentes de un mercado es construido a fuerza de repetición y predomina en todos los ámbitos en los que tiene alcance. Entender a la música como “lo bello” y lo rentable, es a su vez una contradicción. Y sobre todo, resaltando el hecho de la música que se “cocina” bajo tierra, en los circuitos under, o contra-culturales no tiene el menor desperdicio, por el contrario, contenido de muy fina elaboración, craneado con un talento que sigue siendo igual de sorprendente que lo fue en épocas pasadas, cuando la búsqueda musical del colectivo social estaba más vinculado a un sonido de vanguardia.


Pero la trascendencia de estos magníficos músicos es una tarea tan ardua y compleja, limitada a circuitos con difusión finita y sujeta a un trabajo, un esfuerzo y un costo que termina por erosionar la carrera de los músicos que han dedicado prácticamente su vida a la ejecución de un instrumento.
Entonces tampoco podemos dejar a merced de la construcción de un mercado, que cada día dispone de técnicas más sofisticadas para orientar el consumo, el devenir de la música, siempre que entendamos esta como la integralidad de las expresiones en sus diversas formas y géneros.


Así como sucede en todos los ámbitos, la tecnología irrumpe en la vida del ser humano y la modifica radicalmente, pero la conciencia colectiva regula y armoniza su impacto. Las redes sociales, internet, y este mar globalizado en el que nos sumergimos cada vez que agarramos nuestro celular imponen una lógica de superposición de productos en un mercado muy dinámico e inmediato. Por ende somos testigos cotidianos de que quienes dominan estas interfaces, los capitales que ejercen mayor presión, imponen su producto independientemente de sus características. Y acá si me atrevo a inmiscuirme más de lleno al contenido.


Contenido que es misógino, individualista o ligado a la existencia material predominan muchas veces en las canciones que repiten incansablemente hasta que terminamos tarareándolas. ¿Y esto podemos permitirlo?¿Podemos permitir la naturalización de una ideología retrógrada y vacía de contenido en la cotidianeidad de nuestra música? Bueno, esta sí es una pregunta que considero pertinente hacernos. Y me atrevo a ir un poco más allá ¿Estamos dispuestos a que este contenido se reproduzca entre los más chicos?


Contestando a esto, creo que es fundamental desde todos los espacios tender a armonizar esto que lo entiendo como una desproporción, un desbalance fomentado por la lógica del mercado que se apodero paulatinamente de la predominancia de la música y se apropió de su contenido.


Lo que considero intolerable es que no haya espacio para la diversidad, que no haya fomento, que no se apueste a la difusión del contenido. Que haya menos apuesta por el que hace rock, blues o pop, que prácticamente no haya espacio para quien hace jazz, metal o progresivo. O aquél que experimenta con sonidos y busca hacer vanguardia.


La tecnología también diversifico la posibilidad de grabar el contenido con una calidad que antes solo estaba en manos de las industrias discográficas, y este es un hecho sumamente relevante, porque para quien sabe buscar, se encontrará con contenido como dije anteriormente de una enorme calidad musical y con un trabajo de grabación y producción dignos de ser enmarcados junto a los discos más importantes que conocemos.
Concluyo citando lo que dije anteriormente. Eso de que la tecnología impacta radicalmente, tenemos el deber de armonizarlo. Y con la música así debemos hacer. Debemos generar el medio, ordenar el contenido diverso y rico del que disponemos y al que todos hemos aportado y enfrentar la predominancia de la industria en la evolución de la música. La diversidad tiene que ser la norma, y el trabajo del músico apropiadamente retribuido, y nunca más menos preciado como sucede tan a menudo en boliches, bares, restó o lugares que se aventuran en negarnos una correspondiente remuneración por nuestro trabajo o peor aún, sin vergüenzas que se atreven a cobrarle al músico por tocar en su establecimiento. Y eso también forma parte de una tragedia cultural a la que nos indujo el mercado y que tenemos la obligación con el compromiso que nos nuclea por el solo hecho de ser artistas, revertir de inmediato.


¿Y de que recursos disponemos? Bueno, lo primero que me sale mencionar, defender y reivindicar son los centros culturales. Núcleos de trascendencia urbanos que debemos cuidar como propios y no permitirnos perderlos. El compromiso con el arte nos cita a dar esa disputa territorial por los mismos. Una contienda irrenunciable por un espacio que es por y para el arte.


Un centro cultural excluyente es un desastre, un centro cultural inactivo es una derrota, un centro cultural cerrado es una tragedia. Ese preciso lugar tiene la condición de albergar los sueños de quienes se inician, tiene la tarea de estar a disposición de quienes se esfuerzan y la obligación de ser calma y refugio de todo y quien quiera que sea, que encuentre en la expresión un canal de trascendencia y armonía.

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