Por/Beatriz Cimbaro (*) 

Lo que fue, eso será;
lo que se hizo, eso se hará.
Nada nuevo hay bajo el sol.
Eclesiastés, I, 9.

Hay una idea de tiempo lineal, de progreso indefinido que la modernidad impuso en Occidente al compás del despliegue del capitalismo. Un tiempo homogéneo, continuo, que obstinadamente oculta flujos y reflujos de una historia espiralada. Obtura tiempos litúrgicos o míticos. No permite correr el velo trágico de la condición humana, aquello que tiene de repetitivo, de denominador común.


“Hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces: una vez como tragedia y la otra como farsa” reza el apotegma marxiano subrayando la repetición, más allá de sus formas. El tiempo homogéneo ha parido los arrolladores conceptos de Civilización, Progreso y Modernidad, desde la nominación de los vencedores de la historia.


Así es como la historia ha sido escrita desde el odio social trabajosamente construido desde la codicia, la envidia. ¿O no somos del linaje de un parricida? Los descendientes del estigma de Caín, fundador de la primer civitas, de ahí deriva el nombre Civilización. El andamiaje simbólico de la construcción de la ciudad hunde sus raíces en la inquina, en la ira de un hermano que asesina a otro y dice: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. En las ciudades contemporáneas nadie es guardián de su conciudadano. Las grandes urbes están atravesadas por el espectro palpable del odio, reverso del desamparo y el miedo a la alteridad.


En 1990 el diario El País de España titula: “Políticos e intelectuales concluyen en Oslo, tras cuatro días de debates, que el mundo va mal” en relación a la Conferencia Internacional ‘Anatomía del odio’ que reunió a prestigiosas personalidades convocadas por la Academia Nobel de la Paz. Pasaron 30 años. El título convoca a carcajada si no fuese trágico el derrotero. Allí, la activista Elena Bonner, viuda de Andrej Sajárov, dejó claro que “el odio nos ha sido dado por Dios”. Y el Primer Ministro checo Vaclav Havel señaló: “El odio es la característica diabólica del ángel caído: es un estado del alma que anhela ser Dios e, incluso, cree serlo, pero se siente permanentemente atormentada por las insinuaciones de que no lo es o no puede serlo.”


¿De qué nos asombramos cuando el odio recorre las calles de Buenos Aires?
De un tiempo sin memoria hay registro de la violencia constitutiva de la condición humana y de los resultados de su codicia y ambición. Un par de antiguos botones de muestra: Guerra civil en Córcira, año 427 a.C. Tucídides nos cuenta:


“Durante siete días los corcireos asesinaron a aquellos de sus conciudadanos a los que consideraban enemigos; el cargo que les imputaban era de querer derrocar la democracia, pero también hubo quienes murieron víctimas de enemistades particulares, y otros, a causa del dinero que se les debía, perecieron a manos de sus deudores.”

Año 73 a. C. la gran rebelión de los esclavos desafía el dominio de Roma: Espartaco agrupa un ejército de humillados, vence en varias batallas, pero el ejército de esclavos se entregó al pillaje: saqueando e incendiando casas instalaban el terror en la Campania. La guerra de liberación será estrepitosamente derrotada.


Manifestaciones del odio a lo largo de toda la historia humana: persecuciones, extremismos, hogueras, crímenes y genocidios. Ya sabemos.


¿Por qué el espanto ante el odio en las calles de Buenos Aires?
Los nuevos modos de la crueldad en esta etapa de acumulación del capital financiero, neoliberal en lo político, se nutren de pulsiones destructivas en todo el mundo. Se afianzan y crecen las ultraderechas en Europa y en la región, destilando xenofobia, racismo, homofobia, pero sobre todo ‘aporofobia’, término acuñado por la filósofa española Adela Cortina y que significa ‘odio a los pobres’. En nuestra geografía, como señala Jorge Alemán, lo verdaderamente sólido y estable es el antiperonismo, ese rechazo visceral a las masas plebeyas y levantiscas. Y el odio al goce peronista, diría Daniel Santoro.


En nuestra Patria, creemos haber derrotado el odio en las urnas en diciembre pasado, pero el odio goza de buena salud y se consolida en un continuum de ataques violentos y demonización ideológica: es el antiperonismo. Es el rechazo a los sectores populares de anclaje histórico: contra las montoneras y sus caudillos federales, contra la barbarie de Facundo, contra los orilleros, negros y gauchos de Rosas, contra la chusma de Yrigoyen y de la manera más encarnizada y profunda en el ‘Viva el cáncer’ contra Evita y sus descamisados. Culmina esa etapa un hecho sin precedentes a nivel mundial: las Fuerzas Armadas bombardean a su propio pueblo en el marco de un gobierno democrático: aviones de la marina con la inscripción ‘Cristo vence’ ametrallan a los transeúntes y dejan ensangrentada la Plaza de Mayo en 1955. Es el paroxismo del odio. La venganza visceral contra el peronismo. El desprecio de clase contra los trabajadores. Ese odio que dijo: ‘Sepan Ustedes que la Revolución Libertadora se hizo en este país para que el hijo del barrendero, muera barrendero” Arturo Rial (Contralmirante de la “Libertadora”)


¿Por qué el odio en las calles de Buenos Aires?
Habrá que señalar, quizá, que de tanto en tanto los gobierno populares le erran a la comunicación e instalan un debate que logra aglutinar detrás del odio diversas subjetividades que incluso transitan contra sí mismas. De eso trata la construcción exitosa del neoliberalismo: lograr un sujeto ‘emprendedor de sí mismo’, competitivo, libre al punto de reclamar la liberad de contagiarse y contagiar en tiempos de pandemia y defender a ultranza la propiedad privada, de los otros, de los dueños del capital.


Ciudadanos habitantes de un monoambiente alquilado, dueños absolutos de una maceta en el balcón, vociferan contra la ‘expropiación’ de unos empresarios estafadores del Estado y de los mismos agricultores! Notablemente, falló la comunicación. No quedó claro el propósito respecto a Vicentín: el RESCATE de una importante empresa agroexportadora que dejó un tendal de deudas y se fugó los dólares (de los pequeños productores de granos, de acopiadores, de corredores, de bancos y servicios varios) a guaridas fiscales. Y los odiadores de diverso pelaje lograron aglutinarse.


Así como los vencedores escriben sobre un tiempo vacío, homogéneo, hay un tiempo pleno de los vencidos, un tiempo-ahora. “La conciencia de hacer estallar el continuo de la historia es propia de las clases revolucionarias en el instante de su acción” dice Walter Benjamin y reivindica en cada momento de lucha, la rebelión de Espartaco, la Comuna de París, el triunfo de todos los oprimidos de la historia. Se trata de enarbolar las voces de los vencidos que tienen una cita con el presente. La verdadera imagen del pasado nace en el momento del peligro. Habrá que escuchar a nuestros muertos.


Y habrá que recordar la conclusión de aquella conferencia mundial en Oslo: declararon que el antídoto para el odio se obtiene uniendo: Educación, Ley, Justicia, Responsabilidad y Amor.


Habrá que lograr ese nuevo contrato social, una comunidad organizada que, con prepotencia de trabajo, conquiste una Patria Libre, Justa y Soberana.

(*) Beatriz Cimbaro, Filósofa UBA

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