Por/ Patricia Redondo

Me consultaron sobre la posibilidad de un mensaje a padres y familias por los efectos que produce la cuarentena en niños y niñas.

Otras urgencias públicas me impidieron hacerlo hasta hoy. Sin embargo, la pregunta sobre ¿qué decir? persiste. La primera, ¿a qué padres, qué familias, qué infancias, qué comunidades? Nuestro arco es heterogéneo pero sobre todo muy desigual.

No es difícil imaginar una escena en este momento de un despertar con un desayuno familiar y soportes tecnológicos a disposición, y otro en el cual la amorosidad puede cubrir una parte, pero no lo que los derechos todavía no resueltos no alcanzan a resolver.

Son tiempos urgentes, todos/as y cada uno/a sabemos que falta todavía lo más difícil. Nos tomó en el inicio de un gobierno que viene a cambiar el rumbo, ya se registra en las políticas y en la conducción de cómo atender esta pandemia.

Pero la deuda social con la infancia está pendiente, y es en este marco que niños y niñas permanecen en sus casas.
Desde nuestra provincia en educación estamos llegando con propuestas en papel y otras, estamos llegando con un reparto alimentario, pero ¿qué se hace en casa cuando no están dadas todas las condiciones y se extraña la escuela, el jardín, a la seño y a los/las compañeritas?

Tal vez, sea un tiempo de palabras, de colgar un hilo con chapitas, y entre el lavado de los cacharros, y contar cómo era el pueblo de donde vino la familia, del Paraguay, Bolivia, Perú. O, más cerca, cerquita, del Chaco, Formosa buscando trabajo. Y, hacer sonar esas chapitas cada vez, al contar una historia.

¿Por qué una familia viaja para buscar trabajo? Y, llega a tierras del conurbano bonaerense a levantar sus casas desde abajo, desde el pie. Los relatos familiares son historias que merecen ser transmitidas a los niños y a las niñas.

Tal vez, sea tiempo, de contar esos cuentos que daban miedo y reírse a carcajadas, o plantar alguna semilla, amasar una masa para jugar, dibujar en el piso de tierra o cemento una rayuela, también en un departamento. Y, sobre todo dibujar el cielo.

Jugar con letras, con los nombres de abuelos y abuelas, en guaraní, y otras lenguas que se inventen, esconder una palabra detrás de un frasco rojo. O, guardar un susurro donde se guardan las toallas en el ropero.

Los niños y niñas pueden comprender que ellos y ellas también cuidan, entender sin asustarse, escuchar un relato
que les permita vivir mejor estos días, pero no consumiendo pantallas, si no jugando en un tiempo donde la infancia, paradojalmente, pueda tener tiempo y lugar.

(Latinlab)

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